Ayotzinapa: ¿una apuesta al olvido?

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    Como ocurrió con el crimen del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, con el caso de la guardería ABC de Hermosillo, en la que murió medio centenar de niños, como pasó con los asesinatos de Tlatlaya, como sucede frecuentemente cada vez que hay una desgracia que tiene como responsables, por omisión o comisión, a las autoridades, todo indica que se pretende mandar los crímenes de Ayotzinapa al baúl de los malos recuerdos, sin justicia, sin culpables e incluso sin que sepamos de los 43 muchachos desaparecidos.

    Es difícil saber si por negligencia, ineptitud o con plena intencionalidad siguen desaparecidos los 43 normalistas de Ayotzinapa, esos que fueron detenidos y puestos a bordo de patrullas y vehículos oficiales. Resulta inconcebible que las policías estatales y federales, que efectivos del Ejército y la Marina, que las múltiples agencias de espionaje interno (de “inteligencia”, las apodan) y toda clase de autoridades no hayan podido localizar a 43 seres humanos hoy que la intercepción de las comunicaciones es un hecho común y cuando el Estado cuenta con interrogadores duchos en la tortura y otros métodos de apremio.

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    Los hechos de Iguala precipitaron una profunda y amplísima crisis nacional que obliga a tomar medidas drásticas, como el despido del actual gabinete para formar un gobierno de emergencia, con personajes ajenos al desprestigio de los partidos, con ciudadanos que han ganado respeto por su actuación de cara a la sociedad y por su proceder recto, hombres y mujeres capaces de aclarar los hechos de Iguala y castigar a los culpables, pero también de reactivar la economía y combatir la desigualdad, lo mismo que de reducir drásticamente la criminalidad, entre otras cosas con la legalización de la mariguana y abriendo opciones para que los delincuentes de hoy se conviertan en ciudadanos de provecho.

    Si alguien piensa en repetir un Tlatelolco, ya puede irlo olvidando. Hoy no existe el Estado fuerte del 68. Si la apuesta oficial es al olvido, hay malas noticias para las autoridades. Una pancarta de los estudiantes dice algo muy elocuente: “No le temo a la represión, le temo al silencio”.

    De Paola Cuevas

    Me llegó un correo enviado por Paola Cuevas, a quien no conozco, pero le respondo que para escribir el artículo en que hago referencia a Federico Figueroa (9/X/2014) me basé en informaciones periodísticas no desmentidas por ella ni por otras personas. Por justicia y para mejor servicio de los lectores, reproduzco el texto con los necesarios ajustes ortográficos: “La verdad dan miedo. ¿En qué se basa para decir que el señor Federico Figueroa es el líder de Guerreros Unidos? ¿Tiene usted pruebas? ¿Acaso usted tiene acceso a las investigaciones? Qué fácil es agarrar una computadora y hacer señalamientos nada más porque lo ha leído en otros periódicos. Ojalá y a usted no le inventen una calumnia de ese tamaño. ¿Quién les paga por hacer eso? ¿Cuándo al señor Federico Figueroa lo han detenido por drogas o por secuestros o con armas? Si de verdad usted es periodista investigue y luego acuse. ¿Usted no tiene familia? Me imagino que sí. ¿Qué le parecería que un día de estos a usted lo calumniaran de esta manera? No, señor. Está usted equivocado. Federico toda su vida se dedica a trabajar, tiene ganado, tiene tierras de cultivo. Por si no lo sabe, desde los 15 años se ha dedicado a trabajar con su hermano. Pero en fin. Además, para su conocimiento, él no está escondido, él sigue trabajando, nadie lo ha llamado a declarar, porque no hay nada que ocultar”.

                    *Periodista y autor de Milenios de México

                    [email protected]

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    Post y Contenido Original de : Excelsior

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